martes, 24 de noviembre de 2009

Mirador Quepo

A pocos minutos de Talca en dirección a Curepto se encuentra el proyecto de título de Paula Atala, arquitecta egresada de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Talca el año 2007.
El proyecto lleva como nombre Mirador Quepo, en honor al lugar en el que se encuentra ubicado.

Si bien es un mirador común y corriente que enmarca el paisaje a modo de síntesis del territorio creo que tiene la gracia de encontrarse precisamente ubicado. Un ensanche en el camino, un lugar con buena vista con posibilidades de estacionar el auto o la bicicleta y sentarse a descansar. Por lo menos eso fue lo que yo hice. Dejé el auto, me bajé, caminé 5 pasos y me senté en la banca al interior de este espacio intermedio. Da la sensación de estar dentro de algo pero sin embrago estas al aire libre. Bien logrado.

Madera barata, sin mucho tratamiento, algunas de color rojo a modo de generar tensión visual, un par de fundaciones de hormigón y un corte en el terreno fueron suficientes para construir dicho proyecto. A la “entrada” del recinto hay un monolito que hace referencia a un pequeño lugar en el valle donde supuestamente vivió su infancia el “padre de la patria”. Leí hasta ahí y pensé que había sido Manuel Rodríguez el mencionado, pero no. Bernardo O’ Higgins Riquelme, el no tan merecedor de dicho título es a quien se refiere. Sinceramente pienso que estaba demás, no tiene mayor relevancia, es un punto inexistente a la vista que conmemora algo que el paisaje no acoge. Sólo árboles y un hermoso valle que deja ver algunos olivares.

No es tan conocido como Pinohuacho de Rodrigo Sheward, proyecto estrella de la Escuela de Arquitectura de la Utal pero tienen en común el trabajo de una altura sobre el paisaje, madera y un punto que observar, ahora bien, carece del oficio artesanal de la madera o de un contexto al que obedecer como Pinohuacho.

Si bien el color rojo de algunas tablas hace que se anticipe visualmente en el camino y que su forma responde a un recorrido bastante corto creo que se queda ahí, como un objeto ajeno al lugar aunque intente ser algo más que eso.

Objeto, bonito, pero un objeto al fin y al cabo.

La ciudad es la cemento como el campo a la tierra

Don José coge su bolso y camina un par de cuadras por una pequeña calle de tierra hasta que se encuentra un la brutalidad del pavimento, llega hasta la esquina y espera la micro que lo llevará al centro de Talca. A escasos metros de su casa de madera y tejado de latón comienzan a aparecer casitas de ladrillo pintados de amarillo, con tejados de vulcanita, una que otra tiene reja metálica y todas se comunican por angostas calles de cemento que llevan a una principal, por donde pasa la micro de Don José.

Cuando chico, solíamos salir los fines de semana con mi familia a recorrer campos cercanos a Talca; Colín, Gualleco, etc. Buscábamos salir de la ciudad por unos pocos minutos, patear una pelota, tomar café al aire libre, correr por el pasto incluso, buscar alguna señora que vendiera pan amasado. Íbamos al campo.

Don José sube a la micro y se dirige a Talca. Debe ir al banco, luego al supermercado mayorista cerca del terminal a comprar lo que llega al campo más caro, luego camina al paradero y se sube a otra micro igual de roñosa que la anterior, se baja en la misma esquina y camina las mismas cuadras que en la mañana. Al llegar a casa, deja sus cosas y sale al patio. Hay que regar el suelo porque ya empieza a hacer algo de calor.

Desde la puerta que da al patio se pueden ver árboles frutales, pasto, unas cercas de madera casi sin color, añejas, pero que conservan el oficio de su mano.

Después de regar el suelo, se sienta bajo el parrón que comienza a vestirse de brotes de uvas, se sienta en una banca hecha por el mismo, saca un cigarrillo y admira su paisaje.

Hace 10 años miraba árboles enormes, que se erguían a modo de edificios naturales habitados por pájaros y bichos, veía un manto verde que se extendía hasta donde su ojo llegaba y en las tardes salía a caminar por senderos de tierra buscando después de un rato una sombra donde tenderse por deporte. La tranquilidad de la noche sólo se veía acompañada de estrellas y mosquitos, pero ahora no.

La noche y las estrellas se ven menos porque a escasos metros de su casa el cemento se come el paisaje, la brutalidad del alumbrado público mancha de colores falsos el cielo. Don José sabe que en algunos años más, una Independencia o una Malpo le comprarán su pedazo minúsculo de tierra para dar cabida otros cientos de casas de ladrillo. Don José no será rico, pero ellos los serán aun mas, no tendrá su parrón ni su sombra. El campo es a la tierra, como el cemento a la ciudad.

Amarillo es el paraíso de Samuel

Samuel tenía algo así como 14 años cuando llegó a aquel campo de concentración. El barro, el olor a mierda y a muerte se habían convertido en su realidad. Caminaba cansado después de trabajar como el esclavo para los soldados; limpiarles las botas, como si no bastara tener que lamerles el culo todos los días cuadrándose cuando entraban a su pabellón, construir galpones para seguir acumulando muertos, cocinar miseria, eran algunas de las cosas que le habían tocado durante la mañana.

Vestía sus huesos con un traje a rayas que los niños confundían con pijamas, calzaba sus pies en el suelo, tapaba su miseria con una sonrisa, cuando el relámpago metálico de un fusil alemán salió en dirección a su cuerpo dándole el golpe de gracia.

No más hambre, no más frío, no mas vida, si es que su vida, podría ser realmente una vida.
En los breves segundos, antes del último aliento, Samuel imaginó estar mirando por el cuadrado de 40x40 centímetros que tenía a modo de ventana en su pabellón. A los lejos, vio el paraíso a orillas del Danubio. Flores amarillas y hierba muy verde conformaban el manto que se extendía hasta donde sus ojos podían alcanzar, lejos del azufre del infierno que le tocaba vivir.

Samuel tuvo suerte, y encontró la muerte repentina en un balazo, antes que en la hoguera, la horca o la cámara de gas. El odio, la soberbia, la sin razón, se encargaron de despojarlo del sueño de ser granjero como su padre. Quizás, Samuel hubiese recogido tomates en vez de muertos, hubiese apilado madera para la chimenea y no cuerpos para tirarlos a una fosa, quién sabe.

Samuel ya no será granjero, Samuel ya no será nadie, pero se convirtió en todos. Samuel son todos, son cientos, son miles… Samuel es la historia, Samuel, es polvo.

De muerte está la ensalada

Lo vi frente al resto de la clase, tímido e inseguro pues, sabía que era el centro de atención en ese minuto.
¿Cuánto tiempo habrá tardado en llegar? ¿De dónde viene? ¿Qué hace aquí? Fueron preguntas que murmuramos varios al verlo justo frente a nosotros. Se vestía de rojo, redondito, gracioso, con vida, me calló bien a primera vista, se notaba que había sido muy bien cuidado.

Nadie, absolutamente nadie imaginaba su triste final, un golpe de martillo y clavo bastó para atravesar de manera dolora su figura. Un líquido mas so menos rojo comenzó a salir de el cuándo otro golpe, otro clavo, otro martillazo le quitaban toda esperanza de sobrevivir, y un golpe final para aniquilarlo definitivamente.
¡Qué terrible! La muerte no avisa y eso lo sabemos todos, a no ser que se anticipe de manera cruel, lenta e incesante producto de una enfermedad o que se yo.

Frente a nosotros yacía sobre una madera tosca aquel que vino desde lejos.

Me imagino que por su cabeza deben haber pasado miles de imágenes que resumieron su vida. Qué triste, de verdad, nunca se imaginó terminar así. Todos tenemos una idea, vaga a veces, de lo que queremos ser en el futuro, y soñamos con tener una vida acorde a lo que deseamos ser y no nos gustaría terminar de otra manera, sobre todo, una tan cruel.

Jesús sabía que iba a morir en una cruz, atravesado por clavos y por odio, pero ese fue El, hijo de Dios, que vino a la Tierra precisamente para morir por nosotros, o eso cuenta la tradición, pero, nadie, absolutamente nadie común y corriente recorre un camino largo para ¿morir?

Estoy convencido que cuando llegó a esta sala, el redondo rojo pensaba en ser algo más que un muerto admirado con horror y homenajeado con una flor amarilla a los pies.
Estoy convencido que quería otra cosa para su vida, estoy seguro que por lo menos, por lo menos, aquel tomate rojo, pretendía terminar sus días como ensalada.

La manzana podrida

Pensaba que su poder sería para siempre, que por el resto de los días su nombre sería mencionado en casa.
La casa de madera roída y mohosa, de ventanales empañados por el temor respirado en las habitaciones, había sido el hogar de una pareja feliz e ilusionada con la eternidad que los uniría.

Así como las manzanas que decoraban la bandejita de plata que habitaba el centro de la mesa del comedor, las caricias comenzaban a volverse marrones, las palabras suaves de jóvenes enamorados, se pudrían inadvertidamente, incluso las moscas se hacían parte en esta historia.
Afuera, el frio del otoño pintaba las calles de hojas marrones, la piedra gris que conformaba el caminar de los habitantes lucía tétrica, inerte por naturaleza, pero sobre todo, convocaba malos pasos.

El, salió de casa como todas las mañanas en búsqueda del licor que lo hacía perder toda ética, todo respeto, toda humanidad. Ella, quedó en casa limpiando mierda, barriendo el polvo de aquel amor que murió el día en el que El usó su mano por primera vez para dar una bofetada amarga en su rostro aún joven.
El momento se acercaba.

Tres horas más tarde, cuando el licor había hecho lo suyo, el viejo caminaba sobre la calle gris, ahora vestida casi de negro al igual que la noche. Un paso, luego otro, y otro y otro, como los golpes que le aforraba a su mujer cada vez que perdía la humanidad, lo acercaban metro a metro a casa para dar otra lección a su mujer.

-Si no me tiene comida, ya verá quien manda.

Pensaba que su poder sería por siempre, pero no, esta noche no.
La mujer no estaba en casa, la comida no estaba sobre la mesa, y las manzanas se habían convertido en polvo, las moscas, seguían revoloteando.

La mujer vistió su carne con un abrigo de lana, caminó a la cocina con serenidad, tomó el cuchillo con el que pelaba las papas para la cena y salió, decidida.

-No más, no más… esta noche se acaba todo.

El azar arregló el juego. Esa noche el alcohol había sido mas fuerte y los pasos de aquel viejo de mierda eran más débiles que otras veces.
Uno, dos, tres… 306 pasos en la noche, una esquina deshabitada, una noche más negra de lo normal, la rabia de años de golpes, gritos, humillaciones y un cuchillo bien afilado terminaron todo, todo.

El nunca imaginó que su vida, su puta y miserable vida terminarían a manos de aquella mujer frágil, flaca hasta los huesos y menos, desnudo, pues son bastó el filo del cuchillo ni las 3 puñaladas certeras en el pecho.

-Que te vean en pelotas, que todos vean lo asqueroso que eras, nadie me juzgará.

martes, 20 de octubre de 2009

Arroz y Napalm

Todos corrían de lado a lado tratando de entender que ocurría.

Mi casa, arrasada por una lluvia de fuego e infierno quedó hecha cenizas, cenizas como mi perro, mis juegos y mi infancia.

Corrí junto a los demás niños de la aldea. Ellos me decían que no mirase hacia atrás, pero a mis 5 años era difícil hacer caso frente a tal panorama.

5 años… a los cinco años los hijos de aquellos soldados blancos y simpáticos que habían estado preguntando por papá y mamá jugaban en sus casa como niños, en cambio yo, yo vi como todo aquello que me rodeaba quedaba hecho polvo y muerte.

No puedo comprender como los hombres pueden regalar infierno a los niños. No entiendo porqué los niños debemos conocer el infierno sin haber vivido lo suficiente como para entender que al infierno deben ir los que siembran la muerte con bombas y napalm.

Vi a mis hermanos despojados de sus ropas, a muchos también los vi despojados de sus vidas.
Aquel día gris y sofocante borró de mí al niño que debía jugar y reír. Me transformé en el grito desesperado de una imagen en blanco y negro que debía mostrarse al mundo, para que otros niños pudieran hablar por mí y por todos los que habitábamos la aldea para que no hubiese mas infierno.

Yo solo quería jugar a la paz con mi perro y los demás sueños de niños que se multiplicaban como el arroz de Vietnam pero la vida nos hizo testimonio de todo un pueblo que conoció los horrores del fuego infernal que los otros nos trajeron por querer ser libres.

Los arrozales crecerán por nosotros y cambiaran la metralla por la poesía de los hombres libres que lograron contar al mundo lo que ocurrió en los campos del Norte de Vietnam, cuando la intolerancia y el odio se dejaron caer como una lluvia de fuego sobre mi casa.

Dos tomates, por favor

Iba saliendo de casa a eso de las 10:30 un día sábado para llevar a Nicolás, mi hermano pequeño, a su entrenamiento semanal de fútbol. El recorrido fue el mismo de todas las semanas, nada nuevo hasta que llegué de vuelta a casa para tomar desayuno (un poco tarde, lo reconozco). Al llegar me topé cara a cara con la vecina de la #2514, una tipa joven, guapa, mamá de una pequeña de dos años y esposa de alguien que nunca se ve, por lo menos de día.

Creo que nunca había conversado con ella hasta ese momento. Me pareció simpática de gestos y por cortesía la saludé con un “Buenos días, ¿cómo te va?”. El “tuteo” fue algo natural ya que no es tan mayor que yo, tal vez unos 4 años más. Respondió sincera; “Bien, bien ¿y tú?”. Estas dos frases dieron pie a una conversación de calle bastante casual. Como era primera vez que conversábamos mas allá del típico saludo no sabía que mas preguntarle. Me di cuenta que al igual que yo venía llegando a casa, pero con una bolsa con tomates.

-¿Tan temprano comprando tomates?- Adorné la frase más estúpida que podía decir con una risa “casual” a modo de parecer simpático.

-Sí, prefiero comprarlos temprano, están menos manoseados, además que saco los mejorcitos que hayan, me encantan los tomates-
Haciendo una pausa para respirar hondo, me preguntó si acaso a mi me gustaban. De los tomates comenzamos a hablar que los negocios y puestos varios del sector son bastante mediocres, salpicones de artículos que al final no tienen nada o que todos tienen lo mismo. Al igual que a mí, le gustaría que hubiera una carnicería, una panadería, el puesto de verduras, el de los diarios y revistas (libros por qué no) todo único y del barrio, cosa de que las compras del día fueran un paseo agradable, donde el panadero siempre tuviese algo que contar, o bien, para escuchar las copuchas del sector en la verdulería. Me acordé del Barrio de La Cartuja, en Granada, dónde realmente era un viaje mágico el salir de compras, algo así como un típico cuentecillo europeo.

La vecina parecía a gusto con la conversación, creo que fui certero con el hecho de haberle preguntado por los tomates, sentía un gusto especial por ellos, un gusto que se contagia. Además, la idea de pensar en un barrio agradable, completo y de cuentos tal vez, era algo que teníamos en común. Me pareció aún más agradable la vecina cuando hablamos de que todo este “shopping” diario de barrio, podría amenizarse con música de algún viejo guitarrero, o una banda de abuelos que tocasen en el centro de una placilla inexistente, al centro de este mercado poblacional. Ideal todo, hasta ella.

Nos despedimos un poco mas amigos, creo que nos conocemos un poco mas allá de nuestras puertas.
Fue tan agradable la conversación que la hora se me pasó rápido y tuve que ir a comprar algo para el almuerzo. Es obvio que cuando pasé por el negocio que también vende verduras entre, miré los tomates y me dieron ganas de llevar algunos.


-Me da dos tomates, ¿Por favor?

Danilo de Valdivia

Hace tiempo que no veía tanta lluvia. Hoy es uno de esos días en los que es mejor quedarse en casa. Como es día de lluvia, después de un almuerzo para días de lluvia y una conversación lluviosa, caminé hasta mi pieza de 3 x 3,5. La persiana estaba abierta, y dejaba entrar algo de luz nubosa, pálida, con olor a tierra mojada que convocaba un aire melancólico, que me hizo recordar el modesto pasaje de la Villa Don Max, en Valdivia, dónde viví un tiempo, hace varios años.

-Danilo, te toca a ti po’.

-Tranquilo oye, todavía no llega la Yoya, parece que su mamá no la dejó venir.

En estos momentos poco me importa que el se te me enfríe sobre el escritorio, al lado del teclado de mi computador, o que mi Lucky Light se esfume en cenicero de metal que le robé a mi papá. Mi cabeza viaja por aquella calle pequeña, modesta, soñadora. Al lado de mi casa, casi a la mitad del pasaje estaba la casa de Danilo, un negrito chispeante, alegre, igual que toda su familia. No importaban las penas de escases que vivieran, o la frustración de un padre encarcelado por libertario, siempre sonreían. Danilo era mi amigo y jugábamos a la guerra del Golfo, que inocentemente también vimos varias veces por TVN, como si fuera una serie de acción. Su casa era de madera, igual que la mía y había sillones de mimbre, una alfombra de lana gruesa en el centro del living, y un comedor para 4 personas. Cuando iba para su casa con la Yoya, una amiga de la esquina, su mamá abría la puerta y nos decía: “Llegaron los monos”, apenas terminaba, Danilo aparecía corriendo con su casco verde y la metralleta de madera que le regaló su papá antes de que lo sacaran por esa misma puerta, mientras los oficiales blasfemaban tildándolo de terrorista.

En su casa siempre había música, la mamá decía que el frío se espantaba con unas cuequitas y la Palmatoria de Víctor Jara, y eso quedaba de manifiesto cada vez que se reunían en torno a la mesita del comedor, coronada al centro por la radio con casete que se habían ganado en un bingo, cantando mientras comían sopaipillas. Cantaban todos felices, aunque siempre quedaba una silla sola, habitada por el recuerdo constante de papá.

Danilo, mi vecino y amigo Danilo, tenía esa chispa de ángel que llevaba alegría donde fuese. Danilo compartía todo con todos, era de esos amigos de verdad. Aún siendo tan pequeño, encarnaba el espíritu del hombre solidario, fraterno y soñador que hoy hace falta en muchos lados.


Como un relámpago, Valdivia, Danilo y el pasaje de la Villa Don Max, volvieron al año 90, año en el compartí tanta vida con gente del sur, y yo, regresé a mi casa de Talca, año 2009, con el anhelo de saber que será de Danilo y los suyos, de la casita de madera, de la alfombra de lana, del casete de Víctor, de las sopaipillas de lluvia.