martes, 24 de noviembre de 2009

Amarillo es el paraíso de Samuel

Samuel tenía algo así como 14 años cuando llegó a aquel campo de concentración. El barro, el olor a mierda y a muerte se habían convertido en su realidad. Caminaba cansado después de trabajar como el esclavo para los soldados; limpiarles las botas, como si no bastara tener que lamerles el culo todos los días cuadrándose cuando entraban a su pabellón, construir galpones para seguir acumulando muertos, cocinar miseria, eran algunas de las cosas que le habían tocado durante la mañana.

Vestía sus huesos con un traje a rayas que los niños confundían con pijamas, calzaba sus pies en el suelo, tapaba su miseria con una sonrisa, cuando el relámpago metálico de un fusil alemán salió en dirección a su cuerpo dándole el golpe de gracia.

No más hambre, no más frío, no mas vida, si es que su vida, podría ser realmente una vida.
En los breves segundos, antes del último aliento, Samuel imaginó estar mirando por el cuadrado de 40x40 centímetros que tenía a modo de ventana en su pabellón. A los lejos, vio el paraíso a orillas del Danubio. Flores amarillas y hierba muy verde conformaban el manto que se extendía hasta donde sus ojos podían alcanzar, lejos del azufre del infierno que le tocaba vivir.

Samuel tuvo suerte, y encontró la muerte repentina en un balazo, antes que en la hoguera, la horca o la cámara de gas. El odio, la soberbia, la sin razón, se encargaron de despojarlo del sueño de ser granjero como su padre. Quizás, Samuel hubiese recogido tomates en vez de muertos, hubiese apilado madera para la chimenea y no cuerpos para tirarlos a una fosa, quién sabe.

Samuel ya no será granjero, Samuel ya no será nadie, pero se convirtió en todos. Samuel son todos, son cientos, son miles… Samuel es la historia, Samuel, es polvo.

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