Todos corrían de lado a lado tratando de entender que ocurría.
Mi casa, arrasada por una lluvia de fuego e infierno quedó hecha cenizas, cenizas como mi perro, mis juegos y mi infancia.
Corrí junto a los demás niños de la aldea. Ellos me decían que no mirase hacia atrás, pero a mis 5 años era difícil hacer caso frente a tal panorama.
5 años… a los cinco años los hijos de aquellos soldados blancos y simpáticos que habían estado preguntando por papá y mamá jugaban en sus casa como niños, en cambio yo, yo vi como todo aquello que me rodeaba quedaba hecho polvo y muerte.
No puedo comprender como los hombres pueden regalar infierno a los niños. No entiendo porqué los niños debemos conocer el infierno sin haber vivido lo suficiente como para entender que al infierno deben ir los que siembran la muerte con bombas y napalm.
Vi a mis hermanos despojados de sus ropas, a muchos también los vi despojados de sus vidas.
Aquel día gris y sofocante borró de mí al niño que debía jugar y reír. Me transformé en el grito desesperado de una imagen en blanco y negro que debía mostrarse al mundo, para que otros niños pudieran hablar por mí y por todos los que habitábamos la aldea para que no hubiese mas infierno.
Yo solo quería jugar a la paz con mi perro y los demás sueños de niños que se multiplicaban como el arroz de Vietnam pero la vida nos hizo testimonio de todo un pueblo que conoció los horrores del fuego infernal que los otros nos trajeron por querer ser libres.
Los arrozales crecerán por nosotros y cambiaran la metralla por la poesía de los hombres libres que lograron contar al mundo lo que ocurrió en los campos del Norte de Vietnam, cuando la intolerancia y el odio se dejaron caer como una lluvia de fuego sobre mi casa.
Mi casa, arrasada por una lluvia de fuego e infierno quedó hecha cenizas, cenizas como mi perro, mis juegos y mi infancia.
Corrí junto a los demás niños de la aldea. Ellos me decían que no mirase hacia atrás, pero a mis 5 años era difícil hacer caso frente a tal panorama.
5 años… a los cinco años los hijos de aquellos soldados blancos y simpáticos que habían estado preguntando por papá y mamá jugaban en sus casa como niños, en cambio yo, yo vi como todo aquello que me rodeaba quedaba hecho polvo y muerte.
No puedo comprender como los hombres pueden regalar infierno a los niños. No entiendo porqué los niños debemos conocer el infierno sin haber vivido lo suficiente como para entender que al infierno deben ir los que siembran la muerte con bombas y napalm.
Vi a mis hermanos despojados de sus ropas, a muchos también los vi despojados de sus vidas.
Aquel día gris y sofocante borró de mí al niño que debía jugar y reír. Me transformé en el grito desesperado de una imagen en blanco y negro que debía mostrarse al mundo, para que otros niños pudieran hablar por mí y por todos los que habitábamos la aldea para que no hubiese mas infierno.
Yo solo quería jugar a la paz con mi perro y los demás sueños de niños que se multiplicaban como el arroz de Vietnam pero la vida nos hizo testimonio de todo un pueblo que conoció los horrores del fuego infernal que los otros nos trajeron por querer ser libres.
Los arrozales crecerán por nosotros y cambiaran la metralla por la poesía de los hombres libres que lograron contar al mundo lo que ocurrió en los campos del Norte de Vietnam, cuando la intolerancia y el odio se dejaron caer como una lluvia de fuego sobre mi casa.