martes, 20 de octubre de 2009

Arroz y Napalm

Todos corrían de lado a lado tratando de entender que ocurría.

Mi casa, arrasada por una lluvia de fuego e infierno quedó hecha cenizas, cenizas como mi perro, mis juegos y mi infancia.

Corrí junto a los demás niños de la aldea. Ellos me decían que no mirase hacia atrás, pero a mis 5 años era difícil hacer caso frente a tal panorama.

5 años… a los cinco años los hijos de aquellos soldados blancos y simpáticos que habían estado preguntando por papá y mamá jugaban en sus casa como niños, en cambio yo, yo vi como todo aquello que me rodeaba quedaba hecho polvo y muerte.

No puedo comprender como los hombres pueden regalar infierno a los niños. No entiendo porqué los niños debemos conocer el infierno sin haber vivido lo suficiente como para entender que al infierno deben ir los que siembran la muerte con bombas y napalm.

Vi a mis hermanos despojados de sus ropas, a muchos también los vi despojados de sus vidas.
Aquel día gris y sofocante borró de mí al niño que debía jugar y reír. Me transformé en el grito desesperado de una imagen en blanco y negro que debía mostrarse al mundo, para que otros niños pudieran hablar por mí y por todos los que habitábamos la aldea para que no hubiese mas infierno.

Yo solo quería jugar a la paz con mi perro y los demás sueños de niños que se multiplicaban como el arroz de Vietnam pero la vida nos hizo testimonio de todo un pueblo que conoció los horrores del fuego infernal que los otros nos trajeron por querer ser libres.

Los arrozales crecerán por nosotros y cambiaran la metralla por la poesía de los hombres libres que lograron contar al mundo lo que ocurrió en los campos del Norte de Vietnam, cuando la intolerancia y el odio se dejaron caer como una lluvia de fuego sobre mi casa.

Dos tomates, por favor

Iba saliendo de casa a eso de las 10:30 un día sábado para llevar a Nicolás, mi hermano pequeño, a su entrenamiento semanal de fútbol. El recorrido fue el mismo de todas las semanas, nada nuevo hasta que llegué de vuelta a casa para tomar desayuno (un poco tarde, lo reconozco). Al llegar me topé cara a cara con la vecina de la #2514, una tipa joven, guapa, mamá de una pequeña de dos años y esposa de alguien que nunca se ve, por lo menos de día.

Creo que nunca había conversado con ella hasta ese momento. Me pareció simpática de gestos y por cortesía la saludé con un “Buenos días, ¿cómo te va?”. El “tuteo” fue algo natural ya que no es tan mayor que yo, tal vez unos 4 años más. Respondió sincera; “Bien, bien ¿y tú?”. Estas dos frases dieron pie a una conversación de calle bastante casual. Como era primera vez que conversábamos mas allá del típico saludo no sabía que mas preguntarle. Me di cuenta que al igual que yo venía llegando a casa, pero con una bolsa con tomates.

-¿Tan temprano comprando tomates?- Adorné la frase más estúpida que podía decir con una risa “casual” a modo de parecer simpático.

-Sí, prefiero comprarlos temprano, están menos manoseados, además que saco los mejorcitos que hayan, me encantan los tomates-
Haciendo una pausa para respirar hondo, me preguntó si acaso a mi me gustaban. De los tomates comenzamos a hablar que los negocios y puestos varios del sector son bastante mediocres, salpicones de artículos que al final no tienen nada o que todos tienen lo mismo. Al igual que a mí, le gustaría que hubiera una carnicería, una panadería, el puesto de verduras, el de los diarios y revistas (libros por qué no) todo único y del barrio, cosa de que las compras del día fueran un paseo agradable, donde el panadero siempre tuviese algo que contar, o bien, para escuchar las copuchas del sector en la verdulería. Me acordé del Barrio de La Cartuja, en Granada, dónde realmente era un viaje mágico el salir de compras, algo así como un típico cuentecillo europeo.

La vecina parecía a gusto con la conversación, creo que fui certero con el hecho de haberle preguntado por los tomates, sentía un gusto especial por ellos, un gusto que se contagia. Además, la idea de pensar en un barrio agradable, completo y de cuentos tal vez, era algo que teníamos en común. Me pareció aún más agradable la vecina cuando hablamos de que todo este “shopping” diario de barrio, podría amenizarse con música de algún viejo guitarrero, o una banda de abuelos que tocasen en el centro de una placilla inexistente, al centro de este mercado poblacional. Ideal todo, hasta ella.

Nos despedimos un poco mas amigos, creo que nos conocemos un poco mas allá de nuestras puertas.
Fue tan agradable la conversación que la hora se me pasó rápido y tuve que ir a comprar algo para el almuerzo. Es obvio que cuando pasé por el negocio que también vende verduras entre, miré los tomates y me dieron ganas de llevar algunos.


-Me da dos tomates, ¿Por favor?

Danilo de Valdivia

Hace tiempo que no veía tanta lluvia. Hoy es uno de esos días en los que es mejor quedarse en casa. Como es día de lluvia, después de un almuerzo para días de lluvia y una conversación lluviosa, caminé hasta mi pieza de 3 x 3,5. La persiana estaba abierta, y dejaba entrar algo de luz nubosa, pálida, con olor a tierra mojada que convocaba un aire melancólico, que me hizo recordar el modesto pasaje de la Villa Don Max, en Valdivia, dónde viví un tiempo, hace varios años.

-Danilo, te toca a ti po’.

-Tranquilo oye, todavía no llega la Yoya, parece que su mamá no la dejó venir.

En estos momentos poco me importa que el se te me enfríe sobre el escritorio, al lado del teclado de mi computador, o que mi Lucky Light se esfume en cenicero de metal que le robé a mi papá. Mi cabeza viaja por aquella calle pequeña, modesta, soñadora. Al lado de mi casa, casi a la mitad del pasaje estaba la casa de Danilo, un negrito chispeante, alegre, igual que toda su familia. No importaban las penas de escases que vivieran, o la frustración de un padre encarcelado por libertario, siempre sonreían. Danilo era mi amigo y jugábamos a la guerra del Golfo, que inocentemente también vimos varias veces por TVN, como si fuera una serie de acción. Su casa era de madera, igual que la mía y había sillones de mimbre, una alfombra de lana gruesa en el centro del living, y un comedor para 4 personas. Cuando iba para su casa con la Yoya, una amiga de la esquina, su mamá abría la puerta y nos decía: “Llegaron los monos”, apenas terminaba, Danilo aparecía corriendo con su casco verde y la metralleta de madera que le regaló su papá antes de que lo sacaran por esa misma puerta, mientras los oficiales blasfemaban tildándolo de terrorista.

En su casa siempre había música, la mamá decía que el frío se espantaba con unas cuequitas y la Palmatoria de Víctor Jara, y eso quedaba de manifiesto cada vez que se reunían en torno a la mesita del comedor, coronada al centro por la radio con casete que se habían ganado en un bingo, cantando mientras comían sopaipillas. Cantaban todos felices, aunque siempre quedaba una silla sola, habitada por el recuerdo constante de papá.

Danilo, mi vecino y amigo Danilo, tenía esa chispa de ángel que llevaba alegría donde fuese. Danilo compartía todo con todos, era de esos amigos de verdad. Aún siendo tan pequeño, encarnaba el espíritu del hombre solidario, fraterno y soñador que hoy hace falta en muchos lados.


Como un relámpago, Valdivia, Danilo y el pasaje de la Villa Don Max, volvieron al año 90, año en el compartí tanta vida con gente del sur, y yo, regresé a mi casa de Talca, año 2009, con el anhelo de saber que será de Danilo y los suyos, de la casita de madera, de la alfombra de lana, del casete de Víctor, de las sopaipillas de lluvia.