martes, 20 de octubre de 2009

Danilo de Valdivia

Hace tiempo que no veía tanta lluvia. Hoy es uno de esos días en los que es mejor quedarse en casa. Como es día de lluvia, después de un almuerzo para días de lluvia y una conversación lluviosa, caminé hasta mi pieza de 3 x 3,5. La persiana estaba abierta, y dejaba entrar algo de luz nubosa, pálida, con olor a tierra mojada que convocaba un aire melancólico, que me hizo recordar el modesto pasaje de la Villa Don Max, en Valdivia, dónde viví un tiempo, hace varios años.

-Danilo, te toca a ti po’.

-Tranquilo oye, todavía no llega la Yoya, parece que su mamá no la dejó venir.

En estos momentos poco me importa que el se te me enfríe sobre el escritorio, al lado del teclado de mi computador, o que mi Lucky Light se esfume en cenicero de metal que le robé a mi papá. Mi cabeza viaja por aquella calle pequeña, modesta, soñadora. Al lado de mi casa, casi a la mitad del pasaje estaba la casa de Danilo, un negrito chispeante, alegre, igual que toda su familia. No importaban las penas de escases que vivieran, o la frustración de un padre encarcelado por libertario, siempre sonreían. Danilo era mi amigo y jugábamos a la guerra del Golfo, que inocentemente también vimos varias veces por TVN, como si fuera una serie de acción. Su casa era de madera, igual que la mía y había sillones de mimbre, una alfombra de lana gruesa en el centro del living, y un comedor para 4 personas. Cuando iba para su casa con la Yoya, una amiga de la esquina, su mamá abría la puerta y nos decía: “Llegaron los monos”, apenas terminaba, Danilo aparecía corriendo con su casco verde y la metralleta de madera que le regaló su papá antes de que lo sacaran por esa misma puerta, mientras los oficiales blasfemaban tildándolo de terrorista.

En su casa siempre había música, la mamá decía que el frío se espantaba con unas cuequitas y la Palmatoria de Víctor Jara, y eso quedaba de manifiesto cada vez que se reunían en torno a la mesita del comedor, coronada al centro por la radio con casete que se habían ganado en un bingo, cantando mientras comían sopaipillas. Cantaban todos felices, aunque siempre quedaba una silla sola, habitada por el recuerdo constante de papá.

Danilo, mi vecino y amigo Danilo, tenía esa chispa de ángel que llevaba alegría donde fuese. Danilo compartía todo con todos, era de esos amigos de verdad. Aún siendo tan pequeño, encarnaba el espíritu del hombre solidario, fraterno y soñador que hoy hace falta en muchos lados.


Como un relámpago, Valdivia, Danilo y el pasaje de la Villa Don Max, volvieron al año 90, año en el compartí tanta vida con gente del sur, y yo, regresé a mi casa de Talca, año 2009, con el anhelo de saber que será de Danilo y los suyos, de la casita de madera, de la alfombra de lana, del casete de Víctor, de las sopaipillas de lluvia.

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