Iba saliendo de casa a eso de las 10:30 un día sábado para llevar a Nicolás, mi hermano pequeño, a su entrenamiento semanal de fútbol. El recorrido fue el mismo de todas las semanas, nada nuevo hasta que llegué de vuelta a casa para tomar desayuno (un poco tarde, lo reconozco). Al llegar me topé cara a cara con la vecina de la #2514, una tipa joven, guapa, mamá de una pequeña de dos años y esposa de alguien que nunca se ve, por lo menos de día.
Creo que nunca había conversado con ella hasta ese momento. Me pareció simpática de gestos y por cortesía la saludé con un “Buenos días, ¿cómo te va?”. El “tuteo” fue algo natural ya que no es tan mayor que yo, tal vez unos 4 años más. Respondió sincera; “Bien, bien ¿y tú?”. Estas dos frases dieron pie a una conversación de calle bastante casual. Como era primera vez que conversábamos mas allá del típico saludo no sabía que mas preguntarle. Me di cuenta que al igual que yo venía llegando a casa, pero con una bolsa con tomates.
-¿Tan temprano comprando tomates?- Adorné la frase más estúpida que podía decir con una risa “casual” a modo de parecer simpático.
-Sí, prefiero comprarlos temprano, están menos manoseados, además que saco los mejorcitos que hayan, me encantan los tomates-
Haciendo una pausa para respirar hondo, me preguntó si acaso a mi me gustaban. De los tomates comenzamos a hablar que los negocios y puestos varios del sector son bastante mediocres, salpicones de artículos que al final no tienen nada o que todos tienen lo mismo. Al igual que a mí, le gustaría que hubiera una carnicería, una panadería, el puesto de verduras, el de los diarios y revistas (libros por qué no) todo único y del barrio, cosa de que las compras del día fueran un paseo agradable, donde el panadero siempre tuviese algo que contar, o bien, para escuchar las copuchas del sector en la verdulería. Me acordé del Barrio de La Cartuja, en Granada, dónde realmente era un viaje mágico el salir de compras, algo así como un típico cuentecillo europeo.
La vecina parecía a gusto con la conversación, creo que fui certero con el hecho de haberle preguntado por los tomates, sentía un gusto especial por ellos, un gusto que se contagia. Además, la idea de pensar en un barrio agradable, completo y de cuentos tal vez, era algo que teníamos en común. Me pareció aún más agradable la vecina cuando hablamos de que todo este “shopping” diario de barrio, podría amenizarse con música de algún viejo guitarrero, o una banda de abuelos que tocasen en el centro de una placilla inexistente, al centro de este mercado poblacional. Ideal todo, hasta ella.
Nos despedimos un poco mas amigos, creo que nos conocemos un poco mas allá de nuestras puertas.
Fue tan agradable la conversación que la hora se me pasó rápido y tuve que ir a comprar algo para el almuerzo. Es obvio que cuando pasé por el negocio que también vende verduras entre, miré los tomates y me dieron ganas de llevar algunos.
-Me da dos tomates, ¿Por favor?
Creo que nunca había conversado con ella hasta ese momento. Me pareció simpática de gestos y por cortesía la saludé con un “Buenos días, ¿cómo te va?”. El “tuteo” fue algo natural ya que no es tan mayor que yo, tal vez unos 4 años más. Respondió sincera; “Bien, bien ¿y tú?”. Estas dos frases dieron pie a una conversación de calle bastante casual. Como era primera vez que conversábamos mas allá del típico saludo no sabía que mas preguntarle. Me di cuenta que al igual que yo venía llegando a casa, pero con una bolsa con tomates.
-¿Tan temprano comprando tomates?- Adorné la frase más estúpida que podía decir con una risa “casual” a modo de parecer simpático.
-Sí, prefiero comprarlos temprano, están menos manoseados, además que saco los mejorcitos que hayan, me encantan los tomates-
Haciendo una pausa para respirar hondo, me preguntó si acaso a mi me gustaban. De los tomates comenzamos a hablar que los negocios y puestos varios del sector son bastante mediocres, salpicones de artículos que al final no tienen nada o que todos tienen lo mismo. Al igual que a mí, le gustaría que hubiera una carnicería, una panadería, el puesto de verduras, el de los diarios y revistas (libros por qué no) todo único y del barrio, cosa de que las compras del día fueran un paseo agradable, donde el panadero siempre tuviese algo que contar, o bien, para escuchar las copuchas del sector en la verdulería. Me acordé del Barrio de La Cartuja, en Granada, dónde realmente era un viaje mágico el salir de compras, algo así como un típico cuentecillo europeo.
La vecina parecía a gusto con la conversación, creo que fui certero con el hecho de haberle preguntado por los tomates, sentía un gusto especial por ellos, un gusto que se contagia. Además, la idea de pensar en un barrio agradable, completo y de cuentos tal vez, era algo que teníamos en común. Me pareció aún más agradable la vecina cuando hablamos de que todo este “shopping” diario de barrio, podría amenizarse con música de algún viejo guitarrero, o una banda de abuelos que tocasen en el centro de una placilla inexistente, al centro de este mercado poblacional. Ideal todo, hasta ella.
Nos despedimos un poco mas amigos, creo que nos conocemos un poco mas allá de nuestras puertas.
Fue tan agradable la conversación que la hora se me pasó rápido y tuve que ir a comprar algo para el almuerzo. Es obvio que cuando pasé por el negocio que también vende verduras entre, miré los tomates y me dieron ganas de llevar algunos.
-Me da dos tomates, ¿Por favor?
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