martes, 24 de noviembre de 2009

De muerte está la ensalada

Lo vi frente al resto de la clase, tímido e inseguro pues, sabía que era el centro de atención en ese minuto.
¿Cuánto tiempo habrá tardado en llegar? ¿De dónde viene? ¿Qué hace aquí? Fueron preguntas que murmuramos varios al verlo justo frente a nosotros. Se vestía de rojo, redondito, gracioso, con vida, me calló bien a primera vista, se notaba que había sido muy bien cuidado.

Nadie, absolutamente nadie imaginaba su triste final, un golpe de martillo y clavo bastó para atravesar de manera dolora su figura. Un líquido mas so menos rojo comenzó a salir de el cuándo otro golpe, otro clavo, otro martillazo le quitaban toda esperanza de sobrevivir, y un golpe final para aniquilarlo definitivamente.
¡Qué terrible! La muerte no avisa y eso lo sabemos todos, a no ser que se anticipe de manera cruel, lenta e incesante producto de una enfermedad o que se yo.

Frente a nosotros yacía sobre una madera tosca aquel que vino desde lejos.

Me imagino que por su cabeza deben haber pasado miles de imágenes que resumieron su vida. Qué triste, de verdad, nunca se imaginó terminar así. Todos tenemos una idea, vaga a veces, de lo que queremos ser en el futuro, y soñamos con tener una vida acorde a lo que deseamos ser y no nos gustaría terminar de otra manera, sobre todo, una tan cruel.

Jesús sabía que iba a morir en una cruz, atravesado por clavos y por odio, pero ese fue El, hijo de Dios, que vino a la Tierra precisamente para morir por nosotros, o eso cuenta la tradición, pero, nadie, absolutamente nadie común y corriente recorre un camino largo para ¿morir?

Estoy convencido que cuando llegó a esta sala, el redondo rojo pensaba en ser algo más que un muerto admirado con horror y homenajeado con una flor amarilla a los pies.
Estoy convencido que quería otra cosa para su vida, estoy seguro que por lo menos, por lo menos, aquel tomate rojo, pretendía terminar sus días como ensalada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario