martes, 24 de noviembre de 2009

La manzana podrida

Pensaba que su poder sería para siempre, que por el resto de los días su nombre sería mencionado en casa.
La casa de madera roída y mohosa, de ventanales empañados por el temor respirado en las habitaciones, había sido el hogar de una pareja feliz e ilusionada con la eternidad que los uniría.

Así como las manzanas que decoraban la bandejita de plata que habitaba el centro de la mesa del comedor, las caricias comenzaban a volverse marrones, las palabras suaves de jóvenes enamorados, se pudrían inadvertidamente, incluso las moscas se hacían parte en esta historia.
Afuera, el frio del otoño pintaba las calles de hojas marrones, la piedra gris que conformaba el caminar de los habitantes lucía tétrica, inerte por naturaleza, pero sobre todo, convocaba malos pasos.

El, salió de casa como todas las mañanas en búsqueda del licor que lo hacía perder toda ética, todo respeto, toda humanidad. Ella, quedó en casa limpiando mierda, barriendo el polvo de aquel amor que murió el día en el que El usó su mano por primera vez para dar una bofetada amarga en su rostro aún joven.
El momento se acercaba.

Tres horas más tarde, cuando el licor había hecho lo suyo, el viejo caminaba sobre la calle gris, ahora vestida casi de negro al igual que la noche. Un paso, luego otro, y otro y otro, como los golpes que le aforraba a su mujer cada vez que perdía la humanidad, lo acercaban metro a metro a casa para dar otra lección a su mujer.

-Si no me tiene comida, ya verá quien manda.

Pensaba que su poder sería por siempre, pero no, esta noche no.
La mujer no estaba en casa, la comida no estaba sobre la mesa, y las manzanas se habían convertido en polvo, las moscas, seguían revoloteando.

La mujer vistió su carne con un abrigo de lana, caminó a la cocina con serenidad, tomó el cuchillo con el que pelaba las papas para la cena y salió, decidida.

-No más, no más… esta noche se acaba todo.

El azar arregló el juego. Esa noche el alcohol había sido mas fuerte y los pasos de aquel viejo de mierda eran más débiles que otras veces.
Uno, dos, tres… 306 pasos en la noche, una esquina deshabitada, una noche más negra de lo normal, la rabia de años de golpes, gritos, humillaciones y un cuchillo bien afilado terminaron todo, todo.

El nunca imaginó que su vida, su puta y miserable vida terminarían a manos de aquella mujer frágil, flaca hasta los huesos y menos, desnudo, pues son bastó el filo del cuchillo ni las 3 puñaladas certeras en el pecho.

-Que te vean en pelotas, que todos vean lo asqueroso que eras, nadie me juzgará.

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